PAVESE
AGAIN
Agradezco a Lumen que esté editando todas las obras de
Césare Pavese, mi escritor maldito. Pavese es maldito en el sentido de que,
siendo uno de mis predilectos, tras su lectura, siento una profunda desazón por
nuestras a veces insignificantes existencias, y lo maldigo por tener la
maestría de reproducir esas pequeñas
vidas repletas de frustraciones y sueños rotos con un leguaje que hipnotiza. Probablemente
mis palabras sobre esta novelita se parezcan a las que escribí más arriba sobre
Tra Donne Sole. Suele pasar con los grandes.
Esta vez le ha tocado el turno a Il Compagno – a Pavese hay que leerlo con calma, dejando leves
períodos de tiempo antes de abordar una nueva lectura de alguno de sus libros-,
otra de sus obras donde, de la mano de este camarada, nos adentramos en la vida
cotidiana de un puñado de pobres diablos que sólo quieren sobrevivir, no sólo
físicamente, al naufragio constante de su cotidianidad. Personajes humildes,
perdidos en su propia existencia que hacen lo que hacen porque no tienen otra
cosa que hacer en sus vidas monótonas y opacas, igual que el horizonte de Turín
una madrugada gris, tantas veces
descrito por nuestro escritor.
Uno, que con la edad se vuelve algo misántropo, no deja de
contemplar con simpatía los personajes del turinés que van apareciendo, despareciendo
y volviendo a aparecer por las páginas de el
Camarada, personajes que aman y odian con la misma intensidad, que se
transmutan en alguien diferente según con quién estén y cuál sea la situación,
o quienes, por el contrario, llevan sus máscaras, que es otra forma de
mistificación personal. Los personajes –Marina, Dorina, Fabrizio, Giuseppe, da
igual- fuman, se ponen sus trajes y sus vestidos, conducen sus coches y sus
motos, van a bailes que se celebran a la luz de la luna o comen en cutres
garitos de carretera con sus mejores galas, como si todo en su mundo chirriara
constantemente porque nada encaja en él, donde la belleza sólo deja ver su cara
esporádicamente (esto ocurre con más frecuencia en sus relatos cortos,
publicados también por Lumen). Es muy raro que algún lector no pueda
identificarse con alguno de los personajes de estas páginas, sobre todo cuando
callan, más que cuando hablan. Al final la desazón nos vuelve taciturnos.
Y de fondo, la ciudad. Una ciudad que, sea ahora Turín
luego Roma, no es más que el escenario donde la farsa, o la comedia, o la
tragedia tiene lugar, porque de todo hay en las novelas de C.P. Aunque la
novela tenga como tema principal cómo las clases más pobres y humildes
italianas maduraron a la vida en los últimos años del fascismo, así como la
educación y el descubrimiento de ciertas realidades del protagonista, un joven
pequeñoburgués “despreocupado e inculto, algo peor que un proletario”, en
palabras del propio Pavese, uno se queda más con esos pequeños cuadros
impresionistas que el turinés nos ofrece en sus diálogos, rápidos, vivos,
nerviosos, geniales. Yo siempre he creído que la prosa de Pavese son sus
diálogos, que es, por otra parte, lo que más abunda en sus libros, porque en
ellos refleja esa cercanía que es tan difícil encontrar en las obras
literarias, donde el escritor no reproduce diálogos reales, sino creados por él
mismo. Los diálogos de Pavese parecen grabados directamente en la calle y
reproducidos al pie de la letra en el libro. Este es, a mi parecer, el sello Pavese.
Yo recomiendo la lectura e este libro a cualquiera que ame
la buena literatura. Dan igual el facismo, la pobreza, lo patético, lo triste o
el tedioso oficio de vivir, como Pavese llamó a levantarse cada mañana. A
Pavese hay que leerlo porque sus personajes rezuman verdad, y puede que, al vernos
reflejados en ellos, nos hagan un poco mejores. También lo recomiendo porque yo
me atrevería a decir que el turinés es un retratista de esa Italia urbana más
costumbrista y entrañable, despojada de la crudeza más sórdida de Passolini,
por ejemplo, otro gran retratista de la Roma más sucia y sus romanos más
desfavorecidos. Hasta la próxima pues, compagno.
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