miércoles, 7 de mayo de 2014

DESDE MI BUTACA











 









EL TALENTO DE MR RIPLEY

 

   O cómo no ver lo que se avecina. Permitidme esa coda al título de la película de Minguela, homónima al libro de Patricia Highsmith en el que se basa, pues nadie salvo el espectador puede sospechar cómo el cordero se acaba comiendo al lobo. A Patricia Highsmith le tengo cariño porque la leí el último año de instituto, etapa de mi vida que recuerdo con mucho agrado, etapa de descubrimientos de toda índole, incluidos los literarios. Fue, además, el primer libro que leí en inglés que pude más o menos entender después de muchos años de instrucción fallida en esta lengua, que yo había aprendido más con las canciones de Dire Straits, Queen o Alan Parsons/Woolfson que en el instituto. Slowly, Slowly in the Wind recogía un puñado de relatos cortos de la autora. Acabo de girarme para ver si aún lo conservo, y, efectivamente, en la balda está. Tal vez relea algún relato del libro algún día.

   Pero abordemos a Mr Ripley, personaje que adelanto resulta bastante desagradable al espectador lejos de despertarle simpatías por su astucia. Creo que es ya obvio que uno toma rápidamente una opinión sólida sobre el personaje protagonista, un cínico joven, resentido con su vida y su anodina existencia, celoso del éxito ajeno y envidioso de los que más tienen sin haber hecho nada en la vida. Un Don Nadie, como él mismo se refiere a sí mismo hacia el final de la película. Yo le considero un imbécil en el sentido inglés de simpleton, si bien el muchacho es sobradamente astuto. El joven, talentoso ciertamente, –realiza perfectas imitaciones de la forma de hablar de otras personas, es un gran intérprete de piano y tiene una conversación inteligente- es una persona retorcida que está dispuesta a todo para conseguir tener lo que los otros tienen porque sus familias se lo han podido dar por posición social, o simplemente por su bienestar económico: distinción y gusto en las formas y vacuidad en el fondo poco profundo de los protagonistas. Tom, El jovenzuelo rico y hermoso que nos recuerda un tanto al kalós kagazós (bello y noble) de Tirteo aunque despojado de nobleza de los griegos, es un personaje caprichoso que ha decidido vivir con su novia americana –a todos nos costaría tomar esa decisión, ciertamente- en un hermoso pueblo de la costa sur Italiana, entregándose a una vida ociosa de parvenu o de niño bien en una magnífica villa y que pasa las noches tocando la trompeta en humeantes garitos donde los italianos de pueblo disfrutan haciendo el americano con el americano rico, gran amante del Jazz. Y eso, para Ripley, es intolerable.

Ripley aparece y surge entre ellos una amistad tan frágil como las propias vidas de los personajes. Los talentos son, en verdad, una bendición, y quienes tienen alguno pueden presumir de estar tocados por la divinidad, al menos un poco. Ripley es talentoso, pues practica el viejo arte de aparentar lo que no se es, incluida una falsa predilección por la música Jazz que le sirve a Ripley para ganarse la amistad de Tom. No obstante, la distinción es otra cosa. Y ésta no puede conseguirse arrebatándosela a otros por la fuerza. La chaqueta de pana que Ripley lleva a todas horas, totalmente fuera de lugar allí, podría simbolizar lo que es evidente: Ripley nunca ha estado en Princeton y carece de distinción. No entiendo aún esa manía anglosajona de concebir las universidades como garantía de pertenecer a una clase de personas que está por encima de los demás, del bien o del mal. Pero el caso es que esto es así, et excrucior, parafraseando a Catulo. Algo tan estúpido como llevar puesta una chaqueta con el badge (como ellos llaman al escudo) de una universidad concreta o no llevarla puede significar que seas o no seas. Tal vez es un asunto Shakesperiano. Lo cierto es que algunos dicen que el término snob viene precisamente de aquí, y que se trata de una abreviación de la expresión latina –algo muy de Oxford o Cambridge- Sine Nobililitate, que es lo que definiría el estatus de Ripley. Ciertamente, Ripley y su chaqueta de pana no casan con el ambiente tan aristocrático en el que se desenvuelve la pareja protagonista y su distinguido amigo, todos beneficiarios de una vida regalada o del dolce far niente en una pequeña y preciosa villa  marinera del sur de Italia. No obstante, el desclasado tiene algo que irrita al rico, intriga a la rica y causa cierto rechazo al amigo de ambos, un joven chubby o regordete y algo cínico que no traga a Ripley y sospecha siempre de él, para su desgracia.

   Ripley es un personaje muy Highsmithiano, pues es un cínico asesino, un embustero y un manipulador que, arrojado a un contexto novelístico, convierte el crimen en algo menos repulsivo de lo que es. La literatura negra clásica (Doyle, Highsmith, Christie, Simenon, Chadler, Montalbán, etc) tal vez tenga esto, es decir, convertir el asesinato en un arte envuelto en cierto halo de romanticismo que lo hace menos espeluznante de lo que es por naturaleza propia y que convierten al repulsivo asesino en alguien con cierto interés para el lector-espectador, aunque luego vengan Sherlock, Poirot, Maigret, Wallace o Carvalho y se lo lleven esposado y embutido en su perfectamente planchado traje color crema, su impecable camisa blanca con gemelos de plata y su magnífica corbata en tonos celestes comprada en la boutique más exclusiva de Milán.

   Ripley no es homosexual pero no le importa sembrar la duda al respecto o practicar el antiguo arte de puer delicatus , término de la lírica latina, si la ocasión lo precisa. Ripley mata para tener lo que su naturaleza no puede darle y vive unos efímeros días de distinción y vida muelle sustentada por la frágil peana del dinero, que ya sabemos que no da sino una felicidad muy pasajera. La policía italiana le pisa los talones a Ripley, que cada vez más se hunde en las absorbentes arenas movedizas de su escenario, tal falso como un billete de once liras, tan bello como un busto romano, que es lo que el muchacho utiliza para dejar expedito su camino cuando Princeton se cruza molestamente en su camino por segunda vez y ahora con irritantes intenciones, aunque esto se entenderá si se ve la película, pues no es conveniente revelar qué derroteros toman los acontecimientos. Ripley ya ha comenzado a huir. O mejor sería decir que continúa huyendo, pues en realidad desde el principio Ripley huye de sí mismo, de quién es y de lo que representa, practicando la suplantación y el allanamiento más calculados, y eso sí, durmiendo a pierna suelta por las noches entre sábanas de satén, que siempre ayudan a desterrar el posible insomnio causado por un incómodo atisbo de remordimiento o culpa moral Graeco Modo.

   Ante este panorama, uno piensa que el sujeto tiene los días de libertad contados, pero comete el error de olvidar que Ripley tienen un talento, como reza el título del film, que unido a un golpe del destino, hacen que el villano pueda coronarse con laurel al final del mismo, a pesar de sus crímenes. Aquí, la Highsmith ha recurrido al teatro griego, concretamente a Eurípides, y hacia el final de la película aparece el Deus ex machina y salva al imbécil e inteligente Ripley, quien, uno quiere imaginarse, no con mucha convicción, pasa el resto de sus días disfrutando de la vida que quería y teniendo sólo de vez en cuanto algunos pequeños remordimientos de conciencia. Lo peor de todo es que la realidad, y permítaseme el manido tópico literario para concluir, supera la ficción. ¡Y hasta qué punto!. 





 
UNA HISTORIA DEL BRONX,


 o un talento desperdiciado. Anoche, víspera de fiesta, estaba a punto de acostarme, hastiado de buscar algo en la televisión que valiera la pena –tentativa esta que constituye en sí misma una contradictio in terminis-, cuando me topé con los créditos iniciales de este film basado en una obra teatral del actor Charles Palmentieri. No lo dudé: Robert de Niro, que además es el productor, Palmentieri, que firma el guión, y las calles de un Bronx de los años 50. Nada mejor que ver hoy. Al ver tantos italianos, o italoamericanos, como deben en realidad llamarse, se me viene automáticamente a la cabeza a H. Miller y su drama Panorama desde el puente, e intuyo un retrato parecido de los italianos de Bronx, desgraciados spaghetti que intentan preservar su pathos más profundo de italianos en su destierro infinito (el destierro y la emigración no son cosas diferentes) con gestos exagerados de la mamma patria y aspavientos violentos mientras discuten en la esquina, frente al bar que regenta Sony, un mafioso menor de gruesos labios y pelo engominado hacia atrás, réplica en carne y hueso de ese otro mafiosillo de las Waky races de nuestra infancia, esa carrera donde competían Penélope Glamour, el risitas o aquellos trogloditas que se apiñaban en su automóvil de granito. 

Sony es un tipo duro, a quien todos temen primero y luego respetan. Es quien hace y deshace en el barrio, rodeado de sus matones, gordos y rudos italianos que visten impecables trajes hechos a medida. Es mérito de Palmentieri el haber creado unos personajes que, aunque peligrosos porque llevan pistola, resultan algo patéticos por su constante mueca estudiada, sus gestos ensayados y sus concesiones a la galería del más puro estilo mafioso, con frases típicas del género como “¿acabo con él, Sony?” o “¡tú, largo!”, que dan miedo y te hacen dibujar una sonrisa en el rostro al mismo tiempo. Pero ese aparente mundillo de mafiosos en diminutivo que puede provocar lástima en el espectador se va pronto revelando como un escenario donde las tragedias se mascan a cada minuto y donde la vida es o bien difícil o muy difícil, siendo la única forma de salvarse manteniéndose al margen de todo, como hace Lorenzo, el apocado conductor de autobuses que ha decidido llevar una vida humilde y monótona pero segura, exenta de líos y muertes prematuras causadas por un bate de béisbol o un disparo en nuca. A su pequeño hijo, a quien Lorenzo recoge del cole y lo deja en la parada que hay justo frente a la puerta de su casa para seguir su trayecto, le cuesta seguir las órdenes de su buen padre, quien le insta a entrar directamente en el portal, y él, alucinado por cuanto sucede en el bar de Sony, no puede dejar de ir.
El niño se forja entre la tranquilidad del autobús paterno y los trapicheos de la clientela del bar de Sony, convirtiéndose en un adolescente que navega entre dos aguas. Esto le hace estar en un estado de permanente equilibrio, que es lo que le salva: la rectitud y el control de su padre, a quien respeta y quiere, y los consejos del mafioso, a quien admira y por quien siente una atracción hipnótica, y quien por alguna razón decide velar por el chico en lugar de ganarlo para la causa, lo que convierte al muchacho en alguien sensato que tal vez tenga una oportunidad. Calígero es un joven italoamericano con un buen corazón, que quiere a su padre y es responsable con sus estudios, pero que el entorno le condiciona quiera o no quiera. Sus amigos –el gomina, Cero, apodo del muchacho sobrecogedor, impuesto por su propia madre y el resto pequeños criminales que se largan del colegio- son unos mafiosos en ciernes corroídos por el desprecio por casi todo, tal vez tan impostado como sus gestos duros y su desarrapado vocabulario, y por un obsesivo racismo contra los negros del Bronx sin causa justificada, están ya marcados, yo diría que predestinados, como Agamenón o Ayante, porque ellos mismos, movidos los hilos de los oscuros dioses de la violencia y la inadaptación, han decidido su destino. Son estúpidos, como Sony los considera, pero peligrosos, porque también han conseguido pistolas.
En mi opinión, Palmentieri construye una historia que comparte muchas cosas con las tragedias griegas. Los dioses lanzan a los hombres a una existencia que no es más que una prueba que han de superar con sabiduría y sin orgullo. Los héroes trágicos –Sony y Calígero lo son- saben que depende del movimiento que realicen en una situación dada, su destino quedará sellado. Sony es un héroe que ya se ha colocado el arné del destino, como diría Esquilo, y sabe que está condenado. En su sabiduría, no alberga odio ni resentimiento, y se acepta tal y como es, sabiendo que puede perder la vida al doblar cualquier esquina en una justa vendetta italiana. Calígero es el héroe a quien los dioses aún siguen mandándole pruebas de las que ha de salir airoso o condenarse a su vez. La sensatez inculcada por su padre está muy arraigada en él, pero es joven e inmaduro, y esa sensatez puede verse anulada por la insensatez de otros. Caligero discute con su padre. Todavía no entiende que es preferible vivir con lo justo que con la angustia constante de la muerte criminal. Ofuscado por la discusión, su razón se nubla y acompaña, indignado, a sus amigos aprendices de mafiosos a una razzia contra un local frecuentado por negros, cargados hasta las cejas de cócteles molotov y odio racista que ni ellos mismos alcanzan a comprender. Calígero se mete en el coche y sella así su destino. Pero, de repente, en un semáforo, a escasos metros de su condenación, aparece el dios protector particular del chico y le obliga a salir del coche, salvándole. Más tarde, el muchacho contempla estremecido los cuerpos de sus amigos extendidos en el asfalto y cubiertos con mantas, abrasados por su propio odio irracional inoculado en las calles del Bronx desde su infancia.
 Palmentieri crea así un personaje sobre el que nos preguntamos si es posible su existencia. Sony es un héroe trágico quien, igual que Agamenón, ha cometido un crimen, pero es un buen hombre. Sin embargo, también igual que padre de Ifigenia, Antígona y Orestes, un hombre de altura debe pagar por ese crimen. Lorenzo, el padre del chico, atisba al héroe hacia el final y comprende que a él debe la vida del muchacho. Y así lo expresa ante éste cuando ya no puede oírle porque el destino ha venido antes a exigir el cumplimiento del trato en forma de negra parca vestida de Némesis. Calígero recuerda entonces las palabras que su padre le decía sobre Sony, espejo en el que él no debía mirarse: un talento desperdiciado.
Esta es una historia del Bronx, un pequeño universo que acrisola, igual que una trilogía trágica, la miseria y grandeza de sus protagonistas, héroes trágicos que deciden sus destinos ante la mirada inconmovible de los dioses que los contemplan.

No hay comentarios:

Publicar un comentario