EL TALENTO DE MR
RIPLEY
O cómo no ver lo que se
avecina. Permitidme esa coda al título de la película de Minguela, homónima al
libro de Patricia Highsmith en el que se basa, pues nadie salvo el espectador
puede sospechar cómo el cordero se acaba comiendo al lobo. A Patricia Highsmith
le tengo cariño porque la leí el último año de instituto, etapa de mi vida que
recuerdo con mucho agrado, etapa de descubrimientos de toda índole, incluidos
los literarios. Fue, además, el primer libro que leí en inglés que pude más o
menos entender después de muchos años de instrucción fallida en esta lengua,
que yo había aprendido más con las canciones
de Dire Straits, Queen o Alan Parsons/Woolfson que en el instituto. Slowly,
Slowly in the Wind recogía un puñado de relatos cortos de la autora. Acabo
de girarme para ver si aún lo conservo, y, efectivamente, en la balda está. Tal
vez relea algún relato del libro algún día.
Pero abordemos a Mr Ripley, personaje
que adelanto resulta bastante desagradable al espectador lejos de despertarle
simpatías por su astucia. Creo que es ya obvio que uno toma rápidamente una
opinión sólida sobre el personaje protagonista, un cínico joven, resentido con
su vida y su anodina existencia, celoso del éxito ajeno y envidioso de los que
más tienen sin haber hecho nada en la vida. Un Don Nadie, como él mismo se
refiere a sí mismo hacia el final de la película. Yo le considero un imbécil en
el sentido inglés de simpleton, si
bien el muchacho es sobradamente astuto. El joven, talentoso ciertamente,
–realiza perfectas imitaciones de la forma de hablar de otras personas, es un
gran intérprete de piano y tiene una conversación inteligente- es una persona
retorcida que está dispuesta a todo para conseguir tener lo que los otros
tienen porque sus familias se lo han podido dar por posición social, o
simplemente por su bienestar económico: distinción y gusto en las formas y
vacuidad en el fondo poco profundo de los protagonistas. Tom, El jovenzuelo
rico y hermoso que nos recuerda un tanto al kalós
kagazós (bello y noble) de Tirteo
aunque despojado de nobleza de los griegos, es un personaje caprichoso que ha
decidido vivir con su novia americana –a todos nos costaría tomar esa decisión,
ciertamente- en un hermoso pueblo de la costa sur Italiana, entregándose a una
vida ociosa de parvenu o de niño bien
en una magnífica villa y que pasa las noches tocando la trompeta en humeantes
garitos donde los italianos de pueblo disfrutan haciendo el americano con el
americano rico, gran amante del Jazz. Y eso, para Ripley, es intolerable.
Ripley aparece y surge entre ellos una amistad tan frágil como las
propias vidas de los personajes. Los talentos son, en verdad, una bendición, y
quienes tienen alguno pueden presumir de estar tocados por la divinidad, al
menos un poco. Ripley es talentoso, pues practica el viejo arte de aparentar lo
que no se es, incluida una falsa predilección por la música Jazz que le sirve a
Ripley para ganarse la amistad de Tom. No obstante, la distinción es otra cosa.
Y ésta no puede conseguirse arrebatándosela a otros por la fuerza. La chaqueta
de pana que Ripley lleva a todas horas, totalmente fuera de lugar allí, podría
simbolizar lo que es evidente: Ripley nunca ha estado en Princeton y carece de
distinción. No entiendo aún esa manía anglosajona de concebir las universidades
como garantía de pertenecer a una clase de personas que está por encima de los
demás, del bien o del mal. Pero el caso es que esto es así, et excrucior, parafraseando a Catulo. Algo tan estúpido como
llevar puesta una chaqueta con el badge (como
ellos llaman al escudo) de una universidad concreta o no llevarla puede
significar que seas o no seas. Tal vez es un asunto Shakesperiano. Lo cierto es
que algunos dicen que el término snob
viene precisamente de aquí, y que se trata de una abreviación de la expresión
latina –algo muy de Oxford o Cambridge- Sine
Nobililitate, que es lo que definiría el estatus de Ripley. Ciertamente,
Ripley y su chaqueta de pana no casan con el ambiente tan aristocrático en el
que se desenvuelve la pareja protagonista y su distinguido amigo, todos
beneficiarios de una vida regalada o del dolce
far niente en una pequeña y preciosa villa marinera del sur de Italia. No obstante, el
desclasado tiene algo que irrita al rico, intriga a la rica y causa cierto
rechazo al amigo de ambos, un joven
chubby o regordete y algo cínico que no traga a Ripley y sospecha siempre
de él, para su desgracia.
Ripley es un personaje muy
Highsmithiano, pues es un cínico asesino, un embustero y un manipulador que,
arrojado a un contexto novelístico, convierte el crimen en algo menos repulsivo
de lo que es. La literatura negra clásica (Doyle, Highsmith, Christie, Simenon,
Chadler, Montalbán, etc) tal vez tenga esto, es decir, convertir el asesinato
en un arte envuelto en cierto halo de romanticismo que lo hace menos
espeluznante de lo que es por naturaleza propia y que convierten al repulsivo
asesino en alguien con cierto interés para el lector-espectador, aunque luego
vengan Sherlock, Poirot, Maigret, Wallace o Carvalho y se lo lleven esposado y
embutido en su perfectamente planchado traje color crema, su impecable camisa
blanca con gemelos de plata y su magnífica corbata en tonos celestes comprada
en la boutique más exclusiva de Milán.
Ripley no es homosexual pero
no le importa sembrar la duda al respecto o practicar el antiguo arte de puer delicatus , término de la lírica
latina, si la ocasión lo precisa. Ripley mata para tener lo que su naturaleza
no puede darle y vive unos efímeros días de distinción y vida muelle sustentada
por la frágil peana del dinero, que ya sabemos que no da sino una felicidad muy
pasajera. La policía italiana le pisa los talones a Ripley, que cada vez más se
hunde en las absorbentes arenas movedizas de su escenario, tal falso como un
billete de once liras, tan bello como un busto romano, que es lo que el
muchacho utiliza para dejar expedito su camino cuando Princeton se cruza
molestamente en su camino por segunda vez y ahora con irritantes intenciones,
aunque esto se entenderá si se ve la película, pues no es conveniente revelar
qué derroteros toman los acontecimientos. Ripley ya ha comenzado a huir. O
mejor sería decir que continúa huyendo, pues en realidad desde el principio
Ripley huye de sí mismo, de quién es y de lo que representa, practicando la
suplantación y el allanamiento más calculados, y eso sí, durmiendo a pierna
suelta por las noches entre sábanas de satén, que siempre ayudan a desterrar el
posible insomnio causado por un incómodo atisbo de remordimiento o culpa moral Graeco Modo.
Ante este panorama, uno
piensa que el sujeto tiene los días de libertad contados, pero comete el error
de olvidar que Ripley tienen un talento, como reza el título del film, que
unido a un golpe del destino, hacen que el villano pueda coronarse con laurel
al final del mismo, a pesar de sus crímenes. Aquí, la Highsmith ha recurrido al
teatro griego, concretamente a Eurípides, y hacia el final de la película
aparece el Deus ex machina y salva al
imbécil e inteligente Ripley, quien, uno quiere imaginarse, no con mucha
convicción, pasa el resto de sus días disfrutando de la vida que quería y
teniendo sólo de vez en cuanto algunos pequeños remordimientos de conciencia.
Lo peor de todo es que la realidad, y permítaseme el manido tópico literario
para concluir, supera la ficción. ¡Y hasta qué punto!.
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